En esta sociedad global, las costumbres y tradiciones se entremezclan. Todo se unifica un poco, las fronteras culturales cada vez se diluyen más y nuestra mente se predispone para aceptar lo externo. Un ejemplo perfecto es pensar en la gastronomía. Antes difícilmente- por no decir imposible-, ibas a encontrar humus o tapioca en un supermercado corriente. Ahora, vivimos en una sociedad muy conectada y abierta, donde el tráfico humano y cultural es mucho más libre… Al menos a priori.

Antes había mucho más desconocimiento sobre lo que pasaba en los otros países. Yo fui una niña afortunada porque mis padres me llevaban de viaje y gracias a eso conocí las liras italianas, supe que había una reina en Dinamarca, comí caracoles en salsa, descubrí una gran variedad de quesos franceses y me caí rodando por una montaña de los Alpes… Pero, en general, lo propio de las costumbres de los países no colindantes, lo desconocíamos. Todo menos lo que venía de Estados Unidos. Entre Hollywood y Coca cola, fuimos aprendiendo el modo de vida americano, aunque lo mirábamos con suspicacia.

Recuerdo cuando iba a clases de inglés que estudiábamos el fenómeno del Black Friday con ojos espantados. Veíamos, horrorizadas, como las familias hacían cola delante de las tiendas para entrar los primeros, o como- nunca olvidaré esta escena- dos señoras se pegaban por una muñeca. Ahora nos ha llegado a España. Si no vivíamos ya en medio del consumismo exacerbado, donde la marca low cost destruye el pequeño comercio, la comida de calidad y los vestidos de la abuela… ahora tenemos el día para comprar desaforadamente, purgándonos a través de adquirir objetos de corta duración. Nos lanzamos a comprar y comprar. Después, ante la falta de espacio, nos vemos obligados a meterlo todo en cajas apiladas en los altillos de los armarios, o dejar que se llenen de moho en el trastero… para un día abrir una caja y darnos cuenta de que ya teníamos una tienda de campaña, encontrar tres sombrillas y una colección de zapatos que ya no nos sirven (o ya no nos gustan).

De vez en cuando nos entra una gran ansiedad porque no sabemos qué hacer con todas esas cosas monas que un día compramos. Total, son cinco euros… Poco a poco, a base de comprar baratidades, nos fundimos el mísero salario al que podemos acceder y acumulamos prendas de ropa de mala calidad hechas por personas explotadas en condiciones infrahumanas. Y luego, en esa crisis de ansiedad, deseamos que algún amigo se vaya a vivir solo para poder darle parte de nuestros extras. O que la hija de la vecina se haga mayor y darle nuestra ropa. Otras veces, dejamos cajas abiertas en la basura, porque alguien las cogerá. Y, así, un día te encuentras Marqués de Valladares lleno de calcetines blancos por el suelo de alguien que hacía limpieza.

Yo me pregunto, ¿para qué tantas cosas? Me encanta la ropa, pero hace años que, gracias a las mujeres que me rodean, no la compro porque ellas ya no tienen sitio en los armarios… pero celebran, contentas, la llegada del Black Friday.

Eso sí, si necesito una aspiradora, bienvenidas las rebajas. El ser humano es incoherente, amigos.

Constanza

Constanza

Constanza es filóloga clásica, políglota, bicho escénico y amante de la literatura. Hiperactiva no diagnosticada, le fascinan las actividades que lleven implícita la creación, desde montar una obra de teatro hasta hacerse un vestido. Le gusta escribir en prosa, en verso y en caligrama. Profesora a tiempo parcial, expresiva a tiempo completo. Adicta a las artes escénicas y al swing, ama la música, escucharla, sentirla y moverse con ella. Su proyecto principal es Constance Hurlé, su alter ego artístico, a través del cual desarrolla un lenguaje directo, metafórico pero comprensible, contemporáneo a la vez que clásico.

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