Newton, un científico cuya inspiración parece provenir de una manzana que golpeó su cabeza, dijo que “para cada acción existe una reacción igual y opuesta”

Acción y reacción en equilibrio perfecto.

Tan brillantes resultaron ser las ideas que encerraba aquella manzana que la tercera Ley de Newton se cumple hasta en las ciencias sociales. Así, a cada grupo social le corresponde su opuesto, que le igualará en intensidad y magnitud. Las leyes están para cumplirse, y como no podía ser de otra manera, el incendio de Notre Dame no defraudó.

El incendio de Notre Dame encierra una curiosa paradoja. Justo antes de incendiarse, el gobierno francés anunció que necesitaría cerca de 150 millones de euros para su restauración, dando inició a la primera fase con un presupuesto de tan solo 6 millones de euros.

A ninguno de los oportunos mecenas que surgieron después del incendio parecía importarles entonces que no hubiese presupuesto suficiente para su restauración.

Se produce la tragedia, arden las conciencias, y de manera inesperada surge la oportunidad de alimentar nuestro ego, formando parte de algo especial y selecto. Los donativos para la reconstrucción de la catedral se disparan, hasta tal punto que se podría construir una réplica de la catedral, por si acaso ocurriese otra tragedia.

Parece ser que los oportunos mecenas solo lo son de sus egos, pues solo donaron su dinero para  ser parte de ese grupo selecto que puede permitirse erigirse como los salvadores de la cultura universal. Su altruista acción solo nació una vez que el planeta entero sabía que era necesario que alguien viniese a rescatar a Notre Dame.

Sin embargo cuando la catedral pedía auxilio en silenció, sin salir en todos los tabloides del planeta, estos guardianes de la cultura no parecían estar interesados en salvarla.

Como a toda acción le sigue su reacción. Tras arder Notre Dame no tardaron en arder la redes sociales. Compartiendo imágenes de niños africanos pobres y

hambrientos, se calificó de hipócritas a los mecenas por donar sus ahorros para salvar la catedral y no a acabar con el hambre en el mundo.

Con un click se pasa a formar parte de algo mucho más grande. Se integra uno en los guardianes de la humanidad, enfrentados a los ricos y poderosos que se olvidan de la población tercermundista hambrienta. Reacción que también encierra la siguiente paradoja.

Tras varias décadas tratando de luchar contra la pobreza y el hambre en el tercer mundo a través de donativos, ONG, apadrinamiento de niños, y demás actos caritativos solo se ha conseguido que la pobreza y la necesidad se perpetúen. Perpetuándose el primer mundo como salvador del tercero pero solo por caridad. Acabaremos con el hambre solo si nos sobran donativos para ser destinados a tal fin.

El fin del hambre y la pobreza del mundo no llegarán  de la mano de los donativos, sino que solo se alcanzarán tras un cambio de políticas a nivel global. Llegarán cuando los gobiernos del primer mundo traten con los gobiernos del tercer mundo como iguales, sin comerciar con aquellos Estados fallidos en los que solo una élite militar se enriquece con el comercio de sus materias primas, al mismo tiempo que pisotean los derechos humanos de sus poblaciones.

Llegarán cuando los gobiernos del primer mundo no permitan que sus empresas fabriquen pantallas táctiles con el coltán extraído por niños de minas gestionados por las dirigentes de las antiguas guerrillas de aquellos Estados fallidos, puestas a su disposición como único medio para alcanzar la paz.

Llegarán cuando a la población en general del primer mundo deje de resultarnos útil el hambre en el tercer mundo.

El fin del hambre y la pobreza solo se lograrán cuando se permita al tercer mundo desarrollarse, creando educación y un tejido industrial duradero. Algo que difícilmente se logrará a base de donativos.

Hipócritas los falsos mecenas que sin las llamas no se hubiesen preocupado de la cultura. Hipócritas los que les critican pues exigir que se siga luchando contra el hambre por medio de donativos, es permitir que siga existiendo la pobreza en el tercer mundo.

Óscar Gutiérrez Costas

Óscar Gutiérrez Costas

Nacido en la costa y atrapado por el mar. El salitre de Vigo ha marcado su visión del mundo. Solo lee entre líneas y piensa y repiensa los asuntos en sus visitas al Pizza Club. Nunca rechaza un duelo dialéctico, siempre que sea en buena compañía

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