Hace escasas semanas, la escritora Laura Ferrero, a quien sigo en Twitter, compartió en la red social una curiosa imagen: una caja de pizza en cuya tapa rezaba la frase «Say no to pineapple on pizza». Al verla, en mi cabeza sonó de inmediato aquello de «me representa» y pulsé en el corazoncito. No contenta con ello, busqué la cita en Google Imágenes, donde localicé una oración similar pintada en la pared de lo que parece un restaurante. La descargué y, durante días, la tuve en Facebook de foto de portada. Ya ven: qué gracejo el mío, qué ingenio, qué probable vulneración de los derechos de autor. En suma, qué tontuna.

Esta chorrada, que a ustedes nada les dirá y que a mí tampoco mucho, me recordó, sin embargo, las muchas —muchísimas— veces en que, al pedir pizzas entre varios amigos, un par se ha atrevido a formular en voz alta la temida pregunta: ¿No vamos a pedir una hawaiana? Silencio en la sala. Sonido de grillos a lo lejos.

Hay conceptos, queridos lectores, que no se han hecho para ir juntos. El agua y el aceite, por ejemplo, no casan; fenómeno que ha dado para incontables pseudo experimentos científicos y algún que otro accidente doméstico. Otra cosa incompatible es la de acompañar la frase «Yo no soy racista» de un «pero». En realidad, no es que no se pueda: es que no se debe, entre otros motivos porque lo que viene a continuación suele ser una torpeza de manual.

«Yo no soy racista, pero primero los de aquí». Muy común, por desgracia, en muchas celebraciones familiares. «Yo no soy racista, pero que se vayan a su país». La preferida del cuñado de la mesa. «Yo no soy racista, pero es que solo vienen a vivir de las ayudas». Con esta, directamente, se me activa el piloto automático en la cabeza y comienza a sonar «Tears on my pillow, pain in my heart…» de fondo.

Pero regresemos al tema que nos ocupa: los amantes y detractores de la piña en la pizza. Creo que mi postura a este respecto ha quedado clara, pero quisiera ir más allá. Es obvio que los pertenecientes al primer grupo no aprueban el conservadurismo culinario de los segundos; y que, por otra parte, los segundos consideramos una aberración mezclar lo fresco con lo cálido, lo dulce con lo salado, el postre con el plato principal.

En cualquier reunión en la que se decide cenar pizza, minutos antes de hacer el pedido reina un clima tenso, como de sospecha. Los futuros comensales se miran de soslayo y se oyen, entre susurros, expresiones como «Pide una con piña, que le da un toque fresquito» o «Al final, los que quieren hawaiana siempre acaban comiendo de todas». Es el Gran Cisma de nuestros días.

Propongo que nos separemos, que no nos mezclemos. Que llevemos camisetas de nuestro equipo, como en aquel anuncio de Kas de los noventa cuyo eslogan gritaba «¿Y tú de quién eres?». Pongamos este dato en nuestro currículum, después de los idiomas y del carné de conducir. Juntémonos solamente con los de nuestro bando. A fin de cuentas, dos opiniones tan dispares, dos modos tan diferentes de entender la comida, rara vez pueden coexistir en paz.

Esto que les digo, toda esta retahíla de tonterías, no es, lógicamente, más que una sandez que se me ha ocurrido al ver cómo se nos echa encima el calor, aumenta el número de cenas con amigos y afloran los defensores del ingrediente fresquito. ¿Quién, en su sano juicio, podría querer apartarse del diferente, del que no comparte sus gustos, del que no piensa igual? ¿Quién censuraría a un colectivo por no ceñirse a lo que considera lo normal?

Esto, que dicho así suena tan medieval, está ocurriendo en Italia por culpa de Matteo Salvini, ministro del Interior. Salvini, uno de los principales responsables de que los pasajeros del Aquarius permaneciesen durante días a la deriva en el Mediterráneo, lanza ahora un nuevo hit: un censo de gitanos para determinar cuáles han nacido en Italia y cuáles no, todo con el fin de expulsar a los segundos. «Por desgracia, a los italianos tenemos que quedárnoslos», dijo en unas declaraciones recientes, que bien podrían haber tenido lugar en 1939.

Con todo, el ataque de Salvini hacia los gitanos no ha sido su única salida de tono: en uno de sus últimos comunicados, el ministro manifestó que diez de las vacunas obligatorias en el país son «inútiles y casi peligrosas». Es decir, no solo es xenófobo y racista, sino también un insensato.

Es obvio que el giro político que ha dado Italia en los últimos tiempos es, a ojos de muchos de sus habitantes y de buena parte de Europa, de todo menos esperanzador. Sin embargo, las últimas intervenciones de su ministro del Interior son, si cabe, todavía más inquietantes, y nos recuerdan a una Italia que solo conocemos por los libros de historia.

Al gobierno italiano, visto lo visto, solo le va faltando declararse abiertamente terraplanista, negar la inminencia del cambio climático e instaurar, a golpe de decretazo, la piña en todas sus pizzas. Tiempo al tiempo.

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