madrugar
elena. quise hacerle ver que me gustaría que por fin nos acostásemos. que estaría bien. descubrir juntos por primera vez cómo nos desenvolvemos en el aspecto sexual. ella es joven, diría que bastante más que yo, y siempre ha intentado aparentar mucho más interés por la lujuria del que realmente tiene, posiblemente porque cree que yo soy mucho más vicioso de lo que realmente soy. elena está equivocada, al menos a día de hoy. he tenido mis momentos, pero ahora estoy tranquilo. más que tranquilo, aburrido. trato de animarme cuando mi compañera de piso está fuera y tengo la casa entera para mí. me digo, puedes hacer lo que quieras, pero lo único que cambia es que no cierro las puertas. como si importase. si todo lo que hago, incluso cuando estoy solo, es inofensivo. más que inofensivo, indolente. por eso no insistí mucho para que elena viniese. demostró el interés justo, ciertamente insuficiente porque ninguno de los dos había bebido. me dio a entender que mañana, hablo de suposiciones, sería un día más propicio y yo contesté que tenía cosas que hacer pues me siento muy incómodo pensando en qué pasará mañana. no me preguntéis por qué no quiero que vengan chicas a casa cuando no estoy solo en ella. os contestaré lo mismo que si preguntáis por qué odio ir al servicio cuando se ven sombras fuera. a través de la ventana. no puedo evitar pensar que forman parte de la escena. así que en lugar de darme una ducha y esperar la llegada de mi amante, salí a la terraza con un pantalón de pijama raído y tres jerseys a modo de escudo. que me defendiese. del frío que hace estos días. mi terraza, que pronto dejará de ser mía, tiene el doble de tamaño que mi cuarto y funciona como la corbata que te pones cuando tienes mal aspecto. hace que, a ojos de los demás, mi casa, que pronto dejará de ser mía, sea una maravilla. en contra de lo que podáis pensar siempre la he usado a modo de confesionario. reconozco haberte hablado de tomarnos un gintonic en agosto cuando cae la tarde, recostados en tumbonas viendo como la conversación se vuelve cada vez más locuaz, el cielo más naranja y nosotros, tú y yo, mucho más guapos, pero que sepas que si lo hacía era porque tenía confianza en ti. y pensaba. que tú conseguirías al fin que desease hacer eso, del mismo modo que para mí todas mis novias empiezan siendo las últimas. pero eso nunca sucede, por eso mi terraza es sólo un confesionario. es cómodo que esté cerca. salgo y, estirando el cuello, entorno mucho los ojos pensando que tanto ellos como el resto de mi maltrecho cuerpo sólo son útiles cuando mantengo los pies en la tierra y necesito reconocer quién coño me está saludando desde la acera de enfrente. mis dientes son sólo dientes, mis huesos son sólo huesos. pero cuando miro al cielo, puedo permanecer horas, ahí es donde pertenezco. no necesito mi cuerpo, como en un viaje astral. no lo quiero. y me molesta, que te parezca atractivo. y allí debajo del cielo, mucho más noche que día, confesé un par de pecados y encontré un par de respuestas, pues no me gusta abusar. conseguí, así, la suficiente fuerza de voluntad como para volver a ponerme mi estúpido traje de humano. y después. siempre me pasa lo mismo, cuando tengo que volver. siento que alguien me llama por mi nombre. os juro que dicen sergio. visiblemente sobresaltado levanto de nuevo la vista, pero ahí sólo quedan nubes, inertes. o que se hacen las dormidas. nubes que son en realidad la estela que deja un tren que se aleja. y vuelvo a entrar en casa, que parece indiferente. siempre sin ganas de nada
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PUBLICADO POR Sergio Lagartija el 19/07/2011
Literatura

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