LOOKING FOR A WINNER
BUG WINNER | ENTREVISTA
Por Nicolás Coego
 
El antaño líder de los míticos The Ground-breakings presenta mañana en Madrid su autobiografía meses antes de dar inicio a su próxima gira europea.

El texto, escrito junto al periodista René Sparks con motivo del 25º aniversario de Winner en los escenarios, repasa la vida personal y profesional del artista en más de 300 páginas acompañadas por varias fotografías inéditas.
 
Son las 11.35 de la mañana y me encuentro en la habitación 714 del Hotel Conquistador, en pleno centro de Madrid. Repaso el guión de la entrevista para hacer tiempo mientras Robert “Bug” Winner (Detroit, 1967) no aparece. La expectación es notable: se trata de su primera visita a España en más de 6 años. Son incontables las anécdotas e historias que giran alrededor de una de las figuras más importantes del rock americano en los años 90, pero la ocasión se presta para hablar de algo más que de música.

Por fin aparece.

Su indumentaria responde a los estereotipos de una starlet del rocknroll. Pitillos ajustados, camiseta de los Cream con el cuello abierto, New Balance gastadas, barba de tres días, gafas de sol.

 
Aparece custodiado por Rebecca, su mánager, con quien ya he hablado varias veces por e-mail, y por su perro Weirdo, un bull-dog francés que nos acompañará durante toda la entrevista.

Lo primero que hace Bug es saludarme sonriente y enseñarme su nuevo tatuaje, una especie de caja de cerillas entreabierta. Me pregunta si me gusta y le respondo que sí.

Se sirve un Jägerbomb en vaso grande al tiempo que me ofrece uno. Yo le digo que no, que ya tengo agua, pero que gracias.

Se sienta en la butaca. Se frota las manos. Trago saliva.

 
Pregunta: Ha vendido 90 millones de discos a lo largo de su carrera y ahora fabrican hasta ambientadores para coche con su cara. ¿Soñó alguna vez con llegar a esto?
Respuesta: (risas) Por supuesto, tío. Me la pelaba en los baños del instituto imaginando estos ambientadores. Aunque en mis sueños las chicas no me querían por mi dinero.

P.: En realidad dicen que sus fans le adoran por su sinceridad.
R.: (Risas) Ellos sabrán. Yo solo sé aporrear una guitarra y escupir sangre. Parece que se divierten con ello. No les culpo.

P.: A lonely dusty road, la autobiografía que presenta mañana, está escrita en colaboración con el periodista René Sparks ¿Por qué él?
R.: Todo lo que he leído de René siempre me ha parecido buena mierda. Además es hindú. Quería ese toque de misticismo, esa magia, tío. Abrir mis chakras, ya sabes.

P.: En el texto percibimos que la ausencia de su padre siempre marcó su carácter. ¿Cuánto de cierto hay en ello?
R.: No sé. No sé cuánto ha influido, pero da igual. Él era un alcohólico y yo le agradezco que haya sabido marcharse a tiempo. Fin. Game over.

P.: Fue su madre quien le sacó adelante.
R.: Sin duda. Todavía sigo soñando con esos restaurantes baratos a los que ella solía llevarnos cada domingo. Joder, era fabuloso. Lo echo de menos. Eran cutres, pero a mi hermana y a mí nos parecían la hostia.

(Hace una pausa para acariciar al perro)

Joder, mi madre me regaló mi primer vinilo de los Faces, tío. Ahí empezó todo, así que sí, podría decirse que sin mi madre tú y yo probablemente no estaríamos charlando ahora mismo.

P.: Usted también supo cuidarse solo. Con 15 años, vendió todo su material escolar para comprarse su primera guitarra.
R.: No tuve otra opción. Esa Telecaster me estaba mirando raro desde el escaparate (risas).

P.: Y ése fue el germen de Sloth, su primera banda, ¿me equivoco?
P.: Así empezó Sloth, exacto. El hermano de Jamie (primer batería de Sloth) me dejó su VOX para conectar la guitarra y todo echó a andar. Ensayábamos en el garaje de la casa de Roger, el otro guitar hero. Recuerdo que habíamos colocado un gran póster de Keef en la pared para inspirarnos. Nos santiguábamos nada más llegar y ver el puto póster, era nuestro rito.

En fin, solo tocábamos en las fiestas del instituto. Aquello sonaba horrible, pero fuimos los primeros de la clase en perder la virginidad.

P.: Y ahí también se produjo su primer contacto con las drogas…
R.: No, no, tío, winners don’t use drugs…* (risas).

P.: Posteriormente estudió en Wayne State. ¿Con qué se queda de sus dos años en la universidad?
R.: Pues no sé qué decirte. Supongo que lo único que aprendí fue que no quería eso para mí. Definitivamente lo mejor de aquella etapa fueron los amigos y las chicas, ya sabes. Y bueno, destrozar retrovisores con palos de golf (risas).

P.: Pero  si no me equivoco, durante su primer año en la universidad The Ground-breakings empezaban a ganar cierta fama. ¿Cómo recuerda aquellos primeros pasos?
R.: (bebe un trago) Te vas a reír, tío, pero yo era esa clase de chico al que no le gustaba faltar a clase (risas). Sentía que le estaba fallando a mi madre. Todo ese dinero que estaba gastando en mis estudios, ya sabes. Me sentía mal, pero joder, lo hacía para ensayar. La música era lo que me hacía sentir vivo, tío. Ensayábamos varias horas cada día y fumábamos maría como verdaderos maníacos, pero coño, sudábamos la camiseta cuando nos poníamos a arreglar los temas.

P.: Entonces llegó ese día en el que se escuchó por primera vez en la radio.
R.: Brutal. Una mañana de otoño me llamó Sam Gibbs, de la WJR, para decirme que nos había visto en el concierto del fin de semana anterior y que quería pinchar nuestra maqueta, ya sabes. Fue nuestra primera entrevista más o menos seria. Pedí prestada una Martin y reventamos aquel estudio. Joder, aquello fue la bomba, en serio. Hizo que mucha gente empezase a escuchar a The Ground-breakings. No eran grandes canciones, pero la peña hablaba de nosotros, ya sabes. Sam y yo nos hicimos grandes amigos después de aquello.

P.: Después llegaría el primer disco, Back to the grind y la primera gran gira en la que telonearíais a Eels en Michigan, Indiana e Illinois. ¿Cómo surgió aquella colaboración?
R.: Todo vino porque Reggie DiMaggio (guitarrista de The Ground-breakings) conocía a un tipo que a su vez era colega de Mr. E (líder de Eels). El caso es que escuchó el disco y quiso contar con nosotros para abrir los shows. Nos dio la vida, porque éramos mucho mejores en directo que en la mierda de grabación que habíamos publicado.

P.: ¿No está orgulloso del aquel primer disco?
R.: Es que fue eso, el primer disco. Pagamos demasiadas novatadas en la grabación de aquel álbum.

P.: Las crónicas dicen que en aquella gira la gente les aplaudía más que a Eels.
R.: Eso todavía sigue ocurriendo (risas).

P.: En el cuarto capítulo de A lonely dusty road se dice que usted llegó a engancharse a los ansiolíticos durante la grabación de Kreuzberg.
R.: Me remito a las palabras de mi viejo amigo Jay: “medio orfidal al día es lo único que necesito para ser feliz."

A ver, todo el jodido mundo sabe que aquella grabación fue tortuosa. No conseguía terminar las canciones. Nunca eran lo suficientemente buenas. Era frustrante. Ese disco me costó la relación con la pareja que tenía por aquel entonces.

P.: Pero le dio la fama. Kreuzberg vendió 20 millones de copias en todo el mundo...
R.: Ya. (bebe un trago largo)

P.: ¿Le resulta más fácil escribir canciones tristes?
R.: Siempre aparece esta puta pregunta en todas las entrevistas, tío, enhorabuena. A ver, es jodidamente sencillo: cuando estoy contento me voy a la playa o me voy a la cama a echar un polvo con la vecina, tío. No necesito a mi guitarra cuando estoy feliz.

P.: Se lo preguntaré con otras palabras: ¿le cuesta escribir canciones optimistas?
R.: (se pone serio y piensa durante unos segundos) Creo que no sé ser optimista.

P.: ¿A qué cree que se debe eso?
R.: (visiblemente incómodo) siguiente pregunta.   

P.: La portada de Kreuzberg es una foto de un patio de colegio con una multitud de niños jugando. ¿Por qué escogió aquella imagen?
R.: Me pareció encantadoramente bella. La sacó la que en aquellos tiempos era mi novia, Cindy, durante un paseo que dimos por Brooklyn. No sabría decirte por qué, pero esa foto es una puta maravilla. Simplemente magia.

P.: Ningún otro disco suyo, ni con The Ground-breakings ni en solitario, ha conseguido superar las ventas de Kreuzberg. ¿A qué lo achaca?
R.: A que Kreuzberg es una puta obra maestra.

P.: En ese disco se encuentra Just do it, el tema que inspiró un famoso eslogan de una conocida marca deportiva. Muchos fans le criticaron haberse vendido de aquella manera.
R.: Yo también me critico por aquello e incluso me arrepiento, pero en cuanto entro al jacuzzi se me pasa (risas).

P.: Han pasado 25 años desde que se subió por primera vez a un escenario. ¿Se ve actuando toda la vida?
R.: Joder, no. Solo hay sitio para un Chuck Berry en este mundo.

P.: En dos meses vuelve a Europa para empezar una serie de conciertos que le traerá por nuestro país. ¿Le siguen divirtiendo las giras?
R.: Rotundamente no. Aunque parezca lo contrario, siempre es el mismo puto guión. Los hoteles son lugares jodidamente aburridos, pero bueno, al menos me recuerdan que hace mucho tiempo que dejé de comer en la mesa de los niños.

P.: En la nota de prensa que acompaña la presentación de la autobiografía, su productora afirma que Sofia Coppola está preparando un documental sobre su vida que llevará por título Looking for a winner. Háblenos del proyecto.
R.: Bueno, verás, desde que vi el I’m still here de Joaquin Phoenix supe que cualquier gilipollas puede tener su propio documental. Si él lo tiene, ¿por qué no yo? Tiempo después, Sofia Coppola llamó a mi agente y le propuso todo este circo. Me corrí con la idea de que ella quisiese rodar algo sobre mi vida. Esa mujer hizo Lost in translation, tío. Esa puta película me voló la cabeza.

P.: ¿Es cierto que compra esos pantalones pitillo en tiendas de ropa para niñas?
R.: En realidad me los presta tu hermana pequeña (risas)

P.: ¿Qué hará después de esta entrevista?
R.: Hacer la siguiente.

P.: ¿Y cuando termine de hacer entrevistas?
R.: (bebe el último trago del combinado) No sé. Fumar. Ver la última de Haneke. O quizás llame a mi hermana.
 
***


Una vez apago la grabadora le agradezco su tiempo estrechando mi mano derecha con la suya. Bug responde diciéndome que los ambientadores huelen realmente bien y me pregunta si los he probado. Le digo que no y al momento me regala uno. Me despido también de Rebecca y de Weirdo.

Una vez en el ascensor me sorprendo a mí mismo tarareando "Little rattle", la canción que abre "Kreuzberg".

Creo que jamás me había parecido tan radiantemente bella.  
   
 





* “Winners don’t use drugs” fue un lema de varias campañas anti-droga en los Estados Unidos durante la década de los 90.
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PUBLICADO POR Arturo Nicolas el 15/04/2013
Literatura

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